Cuando uno llega de nuevas a una ciudad corre el riesgo de caer en las típicas y tópicas trampas para foráneos, y el tranvía turístico de Lisboa es una de ellas. Diecisiete euros le soplaron hace unos meses a un amigo mío por subirse poco menos de una hora al susodicho tranvía. Cierto que recorrió buena parte de la ciudad y que, con mayor o menor fortuna, recibió las indicaciones pertinentes sobre los edificios y monumentos que iba contemplando a su paso. Sin embargo, frente a tamaño latrocinio, basta con tener a mano una buena guía de la ciudad y subirse al eléctrico 28, el tranvía con más sabor de Lisboa y que, durante décadas, ha estado recorriendo y continúa haciéndolo los principales barrios de la ciudad de colina en colina.
Para ello, sobra con los tres euros y medio que cuesta el bono de transporte diario que permite utilizar durante toda la jornada cuantos metros, tranvías, autobuses y elevadores se desee o, en su defecto, siempre se puede sacar el billete sencillo, que cuesta 0,75 € si se compra en una bilhetera y 1,30 € si se adquiere a bordo del tranvía.






